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03/10/2019

La seguridad contra incendios en centros de procesos de datos

Por Miguel Vidueira, Responsable Técnico del Grupo CEPREVEN.

Se considera que el primer ordenador programable fue el creado por Konrad Zuse en 1936. Desde ese momento comenzó el desarrollo de esa máquina que hoy consideramos imprescindible tanto en aplicaciones profesionales como domésticas. El salto que ha dado la tecnología informática en los últimos 50 años ha sido brutal. Basta con comparar la tecnología utilizada para enviar al hombre a la Luna en 1969 con otras que nos resultan más familiares. El procesador del ordenador que controló las maniobras de aproximación del módulo lunar a la superficie de nuestro satélite era de 0,043 MHz, la mitad de potencia que el Commodore-64 con el que algunos afortunados pudieron jugar en nuestra infancia.

 

El perfeccionamiento de los procesadores ha llevado aparejada la necesidad de manipular y almacenar una inimaginable cantidad de datos. Por ejemplo hace 5 años se estimaba que Google podía poseer entre 1,8 y 2,4 millones de servidores en todo el planeta, con una capacidad equivalente a 10EB (Exabytes). Esto es, alrededor de 10 millones de Terabytes. Recuerdo que el adjetivo que mi profesor de química de Bachillerato utilizaba para calificar la magnitud del número de Avogadro, 6,02·1023, correspondiente al número de partículas elementales que existen en un mol de una sustancia, era fastuoso. Sin duda, la capacidad de los servidores de Google se está aproximando a marchas forzadas a esa fastuosidad de la que hablaba mi viejo profesor. Magnitud que sin duda sobrepasamos con creces al considerar los datos almacenados por todas las empresas y particulares del mundo.

 

Todos esos datos de los que hablamos, su correcto tratamiento, gestión y almacenamiento, hacen que podamos reservar y sentarnos ordenadamente en un avión; acceder a nuestra posición en las cuentas y activos bancarios; que nuestros ministros de Hacienda (antes Montoro, ahora Montero) puedan conocer si hemos cumplido nuestras obligaciones con el fisco; o que nuestro médico pueda conocer, pulsando una tecla de su ordenador, cuándo nos pusieron la primera vacuna (bueno, esto último tal vez no sea aplicable a los que ya tenemos una edad…).

 

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